Era como un sismo, que rajó la tierra y la separó en dos. De a poco se veía ese hueco cada vez más amplio... separándose constantemente. Hubo tiempo para saltar al otro lado. Pero el miedo, la discusión por quién era el que se iba a arriesgar a dar el salto, quién lo merecía o quién debía dejar la comodidad y el orgullo, se extendió de tal manera que cuando quisieron darse cuenta, ya no había posibilidad de llegar al otro lado. Y así se miraron, estupefactos, no pudiendo asimilar la información de que ya no había solución. Ninguno sabía construir puentes, ninguno tenía la capacidad práctica para buscar un indicio de ayuda. Porque, igual, ya no la había. Ya no servía desesperarse, ya no servía llorar de angustia... Eso no volvería a unir la tierra.
Y allí quedó ese vacío inmenso entre los dos. Quizás no era cuestión de saltar al otro lado. Quizás lo único y más bello que pudiera haber ocurrido, hubiera sido que los dos salten al mismo tiempo, se encuentren en el aire, y juntos, sin saber qué les esperaba, cayeran a ese vacío. Ese vacío que hubiera terminado llenándose de ellos.

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